Miro hacia la pared y, al ver la foto en la que salimos abrazándonos delante de Wildly Green el día de la inauguración, recuerdo que fuimos incapaces de contener las lágrimas.
—No puedo creerme que sea real —dijo, antes de añadir con la voz temblorosa—: Si tu padre pudiera vernos…
Desvío la vista hacia otra foto que sigue en el mismo marco de madera desgastado que tengo desde que iba al instituto y donde aparecemos los tres. Papá sale con aquel bigote de herradura del cual solía burlarme y me tiene subida en hombros mientras yo, que en esa foto tengo seis años, le tiro del pelo rubio con los dedos; mamá está de puntillas, con unos zapatos de tapón de aguja y las hermosas piernas bronceadas, dándole un beso en la mejilla.