A veces, entraban bandadas de chiquillos, niños entre doce y quince años, que corrían a lo largo de la cristalera y sólo se detenían ante los cadáveres femeninos. Apoyaban las manos en el cristal y paseaban descaradas miradas por los pechos desnudos. Se daban codazos, hacían brutales comentarios, aprendían el vicio en la escuela de la muerte. Los golfos jóvenes tienen su primera amante en la Morgue.
Al cabo de una semana, Laurent estaba asqueado. De noche, soñaba con los cadáveres que había visto por la mañana. Aquel sufrimiento, aquella repugnancia cotidiana a que se obligaba acabaron por alterarlo tanto que resolvió no ir ya sino otras dos veces. A la mañana siguiente, al entrar en la Morgue, sintió un violento golpe en el pecho: enfrente de él, en una de las mesas, Camille lo estaba mirando, tendido de espaldas, con la cabeza incorporada y los ojos entreabiertos.