Es raro, y casi podríamos calificarlo de patológico, el caso de un escritor químicamente puro. De qué va a escribir si no vive, y cómo ha de vivir si no entre los atareados conciudadanos de su tiempo, de un tiempo testigo de la paradoja de que a la vez que todo en él se ramifica tecnificándose en especialidades, los hombres que lo habitan hayan de ser especialistas en todo.