Tenía un físico imponente, con unos fuertes músculos, y, a diferencia de los otros esclavos de la galería, no lucía ningún abalorio. Sus ataduras eran de verdad. Tenía las muñecas anudadas a la espalda, y las piernas y el torso ceñidos por gruesas cuerdas. Sin embargo, no parecía que todas esas precauciones fueran capaces de contener la fuerza de su cuerpo. Por encima de la mordaza, sus ojos oscuros brillaban con furia, y si alguien hubiese observado detenidamente las fuertes ligaduras que lo ataban, habría advertido las profundas marcas rojas, consecuencia del forcejeo al tratar de liberarse.