de los remordimientos de una civilización, la occidental, que, desde la soberbia y la arrogancia que le concede su superioridad tecnológica y militar, ha decidido suprimir la diversidad cultural. El etnógrafo ha sido delegado para estudiar formas sociales que han sido previamente condenadas a muerte y para convertirse, de paso, en auténtico «símbolo de expiación», encarnación de la mala conciencia de una cultura homicida de todas las otras