Lloré como si no hubiera un mañana, como si Ivy hubiera abierto una compuerta que nunca más sería capaz de cerrar de nuevo.
Esa familia había cambiado algo en mí. La confianza incondicional que me había demostrado Ivy durmiéndose en mis brazos. La amabilidad sin reservas de Theodore, a pesar de que tanto mi aspecto como mi comportamiento eran muy distintos de los del resto de los invitados a su fiesta de cumpleaños. Y luego estaba Isaac…
Isaac, enseñando a sus hermanos lo que era el cariño y lo que significa la familia. Isaac, que a pesar de la manera tan injusta con la que lo habían tratado sus padres, y lejos de dar la espalda a ese hogar, había continuado acudiendo para ayudar cuando se lo necesitaba. Isaac, que… que despertaba en mí el deseo de cambiar. Porque ya no quería seguir aferrada al pasado, a la muerte de mis padres y a los insultos crueles de Melissa, no quería continuar pensando que estar completamente sola y no dejar que nadie se me acercara era una buena opción.
¿Cómo había podido estar tan ciega? De repente se me había caído la venda de los ojos y veía con claridad que no era Isaac quien tenía que cambiar. Ni mucho menos, él ya estaba bien tal como era.
Era yo quien necesitaba un cambio radical.