En el silencio, en cambio, todas las palabras existen a la vez: suaves y ásperas, tibias y frías.
Empecé a notar algunos cambios, aunque de seguro nadie más los percibió. Entre más me callaba más potente se volvía mi presencia, más nítidos mis bordes, más significativos los gestos de mi cara. Así pasaron algunas semanas. Escriban en sus documentos «varias semanas» o «un número indeterminado de semanas»; ya les he dicho que no es fácil darle un orden a esa época. Yo simplemente hacía, no hablaba. O no hacía y no hacer era otra manera de hablar: no barrer los guardapolvos, no pasar el plumero, no echarle cloro a la piscina y ver el agua teñirse de un verde más oscuro cada vez.
También entendí que en el mundo no hay palabras para todo. Y no hablo de morir o vivir, no hablo de frases como «el dolor no tiene palabras». Mi dolor sí tenía palabras, pero mientras escobillaba el fondo del guáter, mientras refregaba los hongos de la tina, mientras rebanaba una cebolla, ya no pensaba con palabras. El hilo que unía las palabras y las cosas se había desatado y había quedado el mundo, nada más. Un mundo desprovisto de palabras.
Pero esa, claro, sí es una larga digresión. Tarjen esta página completa, también la anterior. Ustedes probablemente quieren saber si yo maté a la niña o si fui yo quien sembró esa idea en su cabeza. Subrayen esto con lápiz rojo: la niña se ahogó. Y, sin embargo, ella sabía nadar. Ya les he contado cómo aprendió en la piscina con su padre. Pregúntenle al señor, a la señora; sabía nadar como una experta. Explíquenme ustedes cómo es posible que ambas afirmaciones sean correctas; cómo existe una realidad donde ambos hechos son verdad. Defiendan ustedes a las palabras. Ustedes, los que tarjan párrafos, los que se esconden tras ese espejo.