Este irse acabando entre pedruscos, podredumbre, cuchillos, pesadillas, podrida tierra, bruscas cumbres enanas anavajadas que rasgan los pies, las piernas, el sexo, el hígado, pulmones acartonados, inmóviles, secos, inútiles, y gangrena por todas partes y los parientes intolerables, los hijos torpes, lejanísimos, impávidos, estúpidos, sin dolor, y una luz rojiza, amarilla, estridente, una negrura, un vómito inagotable, horribles ganas de orinar, de defecar, y la burla de los que llegan y paciencia y la turbiedad paralizante de un despertar a medias, de un dormir a medias, de un execrable umbral, palabras, visiones, voces, ruidos truncos, todo trunco, un mundo trunco que no acaba, que no acabará nunca, que nunca acabará, cuyo horror nunca acabará y la certeza peor: «Ya me voy», y paciencia, paciencia, paciencia, paciencia, paciencia.
Éste es dolor en serio, dolor sin poeta ni poesía ni palabras ni viento de otoño en las sienes. Esto es sufrimiento del cuerpo, sufrimiento verdadero, repartido minuciosamente hasta ocupar cada célula del cuerpo, hasta saturar de agujas cada rincón del espíritu, sufrimiento trampolín y paciencia para saltar hasta la vida eterna