simplemente quería devolver a la señora Eszter las ofensas padecidas en los últimos minutos, quería hacerle pagar por el hecho de que ella era débil y pequeña y la señora Eszter, en cambio, alta y fuerte; y también porque, por mucho que quisiera negarlo, debía admitir que su hijo, ese «inquilino de la taberna de Hagelmayer», era el tonto del pueblo, al que sólo le alcanzaba para emplearse como repartidor de periódicos en la oficina de correos local; y encima ahora debía reconocer todo esto ante una extraña mal vista por sus amigas.