León Tolstoi

Guerra y Paz

Karina Alavezhas quoted5 years ago
“¿Para qué me esfuerzo?, ¿para qué me afano en un ambiente estrecho y cerrado, cuando la vida, toda la vida, se me abre con sus alegrías?”
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—¿Usted?— dijo. —¡Qué felicidad!

Natasha, con gesto rápido y prudente, se acercó a él de rodillas, tomó con cautela su mano, inclinó sobre ella la cara y empezó a besarla, rozándola apenas con sus labios.

—¡Perdón!— susurró, levantando la cabeza y mirándolo. —¡Perdóneme!

—¡La amo!— dijo el príncipe Andréi.

—¡Perdóneme!…

—¿Perdonarla de qué?— preguntó él.

—Por lo que… hice…— dijo Natasha en un susurro, apenas perceptible y entrecortado.

Y rozándola apenas, volvió a besar repetidas veces su mano.

—Te amo más y mejor que antes— dijo el príncipe Andréi, levantando con la mano el rostro de la joven para ver sus ojos.
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¡A cuántas personas he odiado en mi vida! Y de todas, a ninguna odié ni amé tanto como a ella…” Y recordó a Natasha, no como otras veces, con su encanto y su alegría, que tanto le gustaban. Por primera vez pensó en su alma. Comprendía sus sentimientos, el dolor, la vergüenza, el arrepentimiento.
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es preciso creer en la posibilidad de ser feliz para serlo.
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“¿Para qué me esfuerzo?, ¿para qué me afano en un ambiente estrecho y cerrado, cuando la vida, toda la vida, se me abre con sus alegrías?”
Karina Alavezhas quoted5 years ago
Cuando nos apartan de nuestro camino trillado, creemos que todo está perdido, siendo así que sólo entonces comienza lo nuevo y lo bueno.
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Pero la tristeza pura y plena es tan imposible como la plena y pura alegría.
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—Te amo más y mejor que antes— dijo el príncipe Andréi, levantando con la mano el rostro de la joven para ver sus ojos.
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El príncipe Andréi suspiró aliviado. Sonrió y le tendió la mano. —¿Usted?— dijo. —¡Qué felicidad! Natasha, con gesto rápido y prudente, se acercó a él de rodillas, tomó con cautela su mano, inclinó sobre ella la cara y empezó a besarla, rozándola apenas con sus labios. —¡Perdón!— susurró, levantando la cabeza y mirándolo. —¡Perdóneme! —¡La amo!— dijo el príncipe Andréi. —¡Perdóneme!… —¿Perdonarla de qué?— preguntó él. —Por lo que… hice…— dijo Natasha en un susurro, apenas percep
Karina Alavezhas quoted5 years ago
El hombre no puede ser dueño de nada mientras tenga miedo a la muerte. Quien no tiene miedo a la muerte lo posee todo. El hombre no conocería sus propios límites, no se conocería a sí mismo sin el sufrimiento. Lo más difícil —continuaba, pensando o escuchando mientras dormía—, lo más difícil consiste en saber unir en uno mismo el significado de todo.”
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“¡Morir! ¡Si me matan mañana!… ¡Si dejo de existir! Y que todas estas cosas sigan existiendo y que yo no esté ya…” Se imaginaba vivamente su propia ausencia de esta vida.
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Cuando se encontraba con algún antiguo compañero del Estado Mayor se ponía en guardia inmediatamente; se volvía colérico, irónico y despectivo. Lo repelía todo cuanto recordase su pasado.
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Natasha experimentaba un sentimiento nuevo, la posibilidad de corregir sus defectos y de alcanzar una existencia nueva más pura y feliz.
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“¿Qué más? ¿Y después?”. Y después no había nada. No sentía la alegría de vivir, pero la vida seguía su curso. Se esforzaba en no ser una carga para los demás, en no molestar a nadie; para sí misma no necesitaba nada. Se alejaba de los suyos y sólo con Petia se encontraba a gusto.
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Ahora sólo ocupaban su espíritu cuestiones inmediatas y prácticas, sin relación alguna con el pasado. Y tanto más ávidamente se aferraba a esos problemas cuanto más se ocultaban y alejaban de él sus ideas de antes. Como si aquel cielo infinito que se elevaba sobre él se hubiera convertido repentinamente en una cúpula baja y definida, que lo oprimía, donde todo era evidente y no había nada eterno ni misterioso.
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En cuanto el príncipe Andréi dejó sus ocupaciones diarias, y, sobre todo, cuando volvió a la vida anterior, cuando era feliz, la angustia vital se apoderó de él con la fuerza de siempre; tenía prisa por alejarse cuanto antes de esos recuerdos y encontrar una ocupación cualquiera.
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—No, sé muy bien que todo ha terminado— dijo presurosa. —Lo pasado no puede volver jamás. Únicamente me atormenta el daño que le hice. Dígale tan sólo que me perdone, que me perdone, que me perdone por todo…
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El aire era frío y límpido. Sobre las calles sucias y mal iluminadas, sobre los negros tejados, se extendía un cielo oscuro y estrellado. Sólo al mirar aquel cielo dejaba Pierre de sentir la ofensiva bajeza de las cosas terrenas comparadas con la altura a que se encontraba su espíritu.
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La razón principal de aquellas lágrimas era la contradicción terrible, vivamente sentida por él, entre su anhelo de algo infinitamente grande e indeterminado y la sensación de que él era un ser limitado y corpóreo, como también ella. Esa contradicción lo afligía y alegraba mientras la oía cantar.
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Vive mientras tengas vida, mañana morirás, lo mismo que yo, hace una hora, podía haber muerto. ¿Vale, pues, la pena atormentarse, cuando la vida no es más que un segundo en comparación con la eternidad?”
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