Cerré los ojos y me concentré en los sonidos de la calle que me llegaban amortiguados a través de la ventana. La conversación de los clientes del bar de enfrente, que, como no tenía terraza, salían a fumar y se quedaban bebiendo en la banqueta. Eran los instaladores del local de alarmas, discutiendo algo sobre la agenda de la semana siguiente. Las rueditas de las maletas de los turistas que subían al hostal para hacer el check in, lo cual significaba que eran casi las siete. Los acelerones intermitentes de las motos. El claxon del coche de algún neurótico al que le daba igual que fuera viernes. Un camión de la basura maniobrando para dar vuelta en la esquina, batallando con la estrechez de la calle. La vecina de arriba tocando al piano repetidamente el inicio de una canción, como calentando los dedos o modulando el ritmo e intentando hacer lo mismo que yo: desconectar de la realidad.
Nada de aquello me interpelaba, nada tenía que ver conmigo ni esperaba de mí una reacción o respuesta. Nada de aquello dejaría de existir tal como era sin mi intervención, la realidad no exigía de mí nada. Por fin nada que narrar.
Nada.
Nada.
Nada.
Nada.
Un movimiento tan simple como levantar el teléfono, darle la vuelta boca arriba y desbloquear la pantalla no solo me devolvería a mis quince minutos –no solicitados– de fama, sino que me llevaría de vuelta al curso de la Historia –con mayúsculas–, al flujo de noticias de la actualidad, lo que me abriría infinitas posibilidades narrativas surgidas de la indignación: violencia, injusticia, desigualdad, corrupción, la materia prima de la literatura comprometida. Pero esos libros ya los había escrito y ahora me estaba tomando una pausa.