—¿Y esto?
—¿Cómo se llama?
—Charles Baudelaire. Su vida.
—A ver, alcanzá.
—Parece una bibliografía. No vale nada.
Al azar entreabría el volumen.
—Son versos.
—¿Qué dicen?
Leí en voz alta: Yo te adoro al igual de la bóveda nocturna ¡oh!, vaso de tristezas, ¡oh!, blanca taciturna.