Un día del año de 1846, durante la guerra con los Estados Unidos, mi maestro de Lógica, el presbítero don Macario Rodríguez, no se ocupó para nada de la clase sino de llamarnos la atención sobre el deber que teníamos algunos alumnos, ya en edad competente para tomar las armas, de ofrecer nuestras personas al servicio militar para defender al país contra el invasor extranjero.