El proceso habitual que seguimos para desarrollar un proyecto es primero proyectar y después saber cuánto cuesta lo que hemos proyectado. Rápidamente nos damos cuenta de que, cuando seguimos este esquema en cascada, tenemos que volver atrás para rectificar lo proyectado y volver a presupuestar, cruzando los dedos para entrar en precio (si es que hemos tenido la gran idea de preguntarle al cliente cuál es «ese presupuesto en el que tenemos que entrar»,