La lectura, ¿acto de comunicación? ¡Otra buena broma de los comentadores! Lo que leemos lo callamos. El placer del libro leído casi siempre lo guardamos en el secreto de nuestros celos. Sea porque no vemos en ello materia para el discurso, sea porque, antes de poder decir una palabra sobre él, tenemos que dejar que el tiempo haga su delicioso trabajo de destilación. Ese silencio es el garante de nuestra intimidad. Ya leímos el libro pero todavía estamos en él. Su sola evocación abre un refugio a nuestras repulsas. Nos preserva del Gran Exterior. Nos ofrece un observatorio colocado muy por encima de los paisajes contingentes.