Quotes from “Una Mujer En Berlín” by Anónimo

Tuvimos que colar el agua. Otra vez tengo que maravillarme de que «ésos» construyeran barricadas que no sirven para nada, pero que no pensaran ni por asomo en preparar algunos puntos de abastecimiento de agua para el caso más que probable de un asedio a la ciudad. Ellos mismos asediaron ciudades. Debían conocer el problema. Pero probablemente, a cualquier dirigente que hubiera hablado de instalar bombas de agua, le habrían despachado por derrotista y por cabrón.
La gente del refugio de esta casa está en cualquier caso convencida de que su cueva es una de las más seguras. Nada más ajeno que un refugio ajeno. Ya hace casi tres meses que vengo a éste, y sin embargo me sigo sintiendo forastera. Cada refugio tiene sus tabúes, sus manías. En mi antiguo refugio tenían la manía del aprovisionamiento de agua en previsión de incendios. Por todas partes chocabas con jarras, cubos, ollas, bidones llenos de agua sucia. No obstante, la casa acabó ardiendo igual que una antorcha. Toda aquella agua sucia sirvió lo mismo que un escupitajo
La radio lleva cuatro días muda. Una y otra vez nos damos cuenta de los objetos de dudoso valor que nos ha procurado la técnica. No tienen ningún valor en sí, son valiosos siempre y cuando haya una conexión o un enchufe. El pan tiene un valor absoluto. El carbón tiene un valor absoluto. Y el oro es oro en Roma, Perú o Breslau. En cambio la radio, la cocina de gas, la calefacción central, el hornillo eléctrico, todos esos grandes regalos de la era moderna no son más que un lastre inútil en cuanto falla la central. Nos encontramos en estos momentos de regreso a siglos pasados. Somos habitantes de las cavernas.
En teoría estoy satisfecha como hacía mucho tiempo que no lo estaba. En la práctica me atormenta un hambre bestial. Por comer me he convertido en una persona hambrienta de verdad. Ciertamente existe una explicación científica para este hecho. Parece que la comida excita la secreción gástrica y predispone los jugos para la digestión. Y cuando éstos se disponen a cumplir su cometido, resulta que el proceso termina abruptamente debido a la escasa ingesta. Entonces los jugos gástricos protestan
Ya no hay ninguna señora Weiers que venga a leerme durante el desayuno las líneas de la infamia en negrita. «Deshonrada una anciana de setenta años. Monja violada veinticuatro veces.» (Pero ¿quién iba contando las veces?) Así son los titulares. ¿Pretenden acaso incitar a los hombres de Berlín a protegernos y defendernos a nosotras, mujeres? Qué ridículo. Lo que de verdad consiguen así es que miles de mujeres y de niños indefensos huyan hacia el oeste por las carreteras de evacuación donde con toda probabilidad morirán de hambre o reventarán por el fuego de las ametralladoras.
Por lo visto, una vida amorosa refinada y exigente presupone una sucesión regular de comidas. Mi centro vital es, mientras escribo estas líneas, la barriga. Todo pensamiento, sentimiento, deseo y esperanza comienza en la comida
Que la escritora desee permanecer en el anonimato es algo que cualquier lector comprenderá sin más. De todos modos, su protagonismo es circunstancial, porque lo que se ilustra aquí no es ningún caso concreto de interés, sino el gris destino compartido por innumerables mujeres. Sin su declaración, la crónica de nuestra época, escrita hasta la fecha casi exclusivamente por varones, sería parcial e incompleta
Ahora todo es de todos. Apenas se tiene apego a las cosas, ya no se hace una distinción clara entre la propiedad de uno y la de los demás
Durante todo este tiempo, la situación política en Alemania y Europa sufrió cambios fundamentales. Comenzaron a aflorar toda clase de recuerdos reprimidos por la memoria colectiva, y fue posible discutir temas que habían sido considerados tabú durante mucho tiempo, circunstancias que habían pasado desapercibidas ante la magnitud del genocidio alemán tales como la extensa colaboración de Francia, Holanda, el antisemitismo de Polonia, el intenso bombardeo de la población civil y la limpieza étnica de la posguerra.
Mientras los hombres combatían en una guerra devastadora lejos de casa, las mujeres resultaron ser las heroínas de la supervivencia entre las ruinas de la civilización. En la medida en que existió un movimiento de resistencia, fueron ellas quienes atendieron a su logística, y cuando sus maridos y novios volvieron desmoralizados, envueltos en harapos y anonadados por la derrota, fueron ellas las primeras en despejar el terreno.
No era de esperar que las mujeres alemanas hicieran mención de la realidad de las violaciones; ni que presentaran a los varones alemanes como testigos impotentes cuando los rusos victoriosos reclamaban a sus mujeres como botín de guerra. (Según los cálculos más fiables, más de cien mil mujeres fueron violadas en Berlín en las postrimerías de la guerra.)
También me parece importante lo que la autora me dijo una vez en el año 1947: «Ninguna de las víctimas podemos llevar lo sufrido como una corona de espinas. Yo al menos tenía la sensación de que lo que me estaba sucediendo era como un ajuste de cuentas.» Buscar una justificación a tanta inhumanidad, ése me parece el rasgo más destacable de este documento, un document humain y por ello no un document politique
Gracias a Sigmund Freud (si bien tengo que alertar aquí sobre la tentación de simplificar en exceso el sondeo de las profundidades del espíritu con los vocablos de moda del psicoanálisis), sabemos que los instintos pueden cambiar su objetivo, «que se pueden reemplazar unos a otros transmitiéndose la energía de uno a otro». A ningún lector se le escapará que, entre los vecinos de esa casa de Berlín, un instinto predominaba frente a todos los demás: el hambre. Se trataba del instinto de supervivencia, al precio que fuera.
Dado que hablaba ruso, era la única negociadora en una casa llena de personas. En las guerras entre pueblos orientales y occidentales, la bandera blanca nunca fue una protección segura, y más de un mediador voluntario murió entre los frentes de guerra.
Frente a un destino de masas semejante, ¿quién puede pretender medir con normas morales que sólo competen al individuo? ¡Ningún hombre! Pues fueron demasiados los que ante una metralleta tuvieron que decirle a la mujer o la hija: «¡Anda, ve!» Y quien no haya estado nunca ante una metralleta, que calle. ¡Pero tampoco ninguna mujer!, a no ser que haya vivido el torrente tempestuoso de un destino de masas. Desde la seguridad resulta demasiado fácil juzgar.
La lectura despierta los sentimientos más contradictorios. Esto se debe a la personalidad de la autora. El más terrible es la frialdad con la que describe, hasta que uno se da cuenta de que aquí no ha tenido lugar ninguna objetivación artificial (como ocurre por ejemplo en el invento literario del «ojo-cámara» de Dos Passos), sino que la frialdad tiene que manifestarse por fuerza porque los sentimientos se habían congelado..., congelado por el horror
En la búsqueda de amigos desaparecidos regresé a Berlín en 1946. Visité esa casa. Ya en la escalera me asaltaron con un aluvión de anécdotas vividas. No sólo eran hombres quienes me las transmitían, sino también mujeres y chicas jóvenes, con unas ganas tan desaforadas de contarlo todo que yo habría reaccionado exactamente igual que el amigo que regresa a casa, mencionado hacia el final del libro, si no hubiera tenido yo mismo ocasiones más que suficientes para presenciar y conocer en otros escenarios la fuerza liberadora de la confesión.
el ardor que irradian allí donde la pluma se resistía, su mezcla de taquigrafía, escritura normal y escritura secreta (era extremadamente peligroso llevar un diario así), las terribles abreviaturas (una y otra vez esa Vlcn), todo eso puede que se pierda en el carácter neutral de la letra impresa. Sin embargo, pienso que del hilo del lenguaje puede leerse lo que calla la letra impresa.
Por experiencias y vivencias personales se mantuvo al margen de las organizaciones del Tercer Reich. Autónoma en la toma de sus propias decisiones, un trabajo la ató a Berlín en el último año de guerra, hasta que ya fue demasiado tarde para abandonar la ciudad. Luego, cuando el apocalipsis rojo se precipitó sobre Berlín, que por entonces y a pesar de todas las evacuaciones albergaba todavía a cuatro millones de personas, comenzó la autora con sus anotaciones
Como lo que tenemos ante nosotros es un documento y no un producto literario en cuya redacción el autor siempre tiene un ojo mirando al lector, es necesario decir algo acerca de su autenticidad. Conozco a la autora desde hace muchos años. Procede de una casa burguesa, una condición que hace cincuenta años habría conducido a una chica joven como mucho al matrimonio y nada más. Recibió una exquisita educación y pronto reveló aptitudes que le permitieron una temprana emancipación. Dibujando, fotografiando y estudiando recorrió Europa de punta a punta
Y no como literatura (como ocurre con las citadas Confesiones), sino como una forma de ayudarse a sí mismo. Hay cosas que sólo pueden olvidarse pronunciándolas.
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