—¿Dónde estabais? —gruñó Álex—. ¿Os ha pasado algo?
—Nada importante —contestó el Gris. El Niño apoyó las manos en las rodillas, jadeó, les echó un vistazo rápido y volvió a bajar la cabeza. Quería decir algo, pero le faltaba el aliento—. Vamos a entrar ahora mismo.
—Deberíamos discutirlo primero —dijo Álex—. Trazar un plan. No sabemos qué nos espera ahí dentro.
—El grito era de Tamara —objetó el Gris—. Podéis quedaros si lo preferís. Pero yo voy a entrar ya. Y seré el primero.
Sara reparó en que sus ojos grises apenas se habían posado en Plata y en Ana, la enfermera. El Gris estaba completamente centrado en la casa y nada más parecía importarle. Cruzó el jardín apresuradamente hacia la puerta, sin comprobar si los demás le seguían o no.
—¿A qué esperamos? —gritó Plata. Empujó las ruedas con las manos, pero la silla casi no se desplazó—. ¡Maldición! ¡Que alguien me empuje hasta el cubil de la bestia!
—¿Y estos dos quiénes son? —resopló el Niño, aún con dificultades para respirar por el cansancio.
—Vamos, Niño —le apremió Sara. Y se lanzó detrás de Álex, que corría hacia la casa.
Diego trotó a su lado como pudo, respirando ruidosamente. La silla de ruedas chirriaba a sus espaldas.
La puerta se abrió un segundo antes de que el Gris llegara a ella. Bruno salió a recibirles.
—Entrad.
—¿Qué ha pasado? —preguntó el Gris. Entró como una exhalación, con su enorme y deteriorado cuchillo en la mano derecha, mirando en todas direcciones, buscando el foco del peligro. Los demás fueron llegando de uno en uno.
—Hemos oído un grito —dijo Sara.
—Tamara está bien —aclaró Bruno.
—Vamos a comprobarlo —exigió el Gris.
—Espera. Aún faltan esos dos —dijo señalando a Plata y a Ana. La enfermera empujaba la silla de ruedas tan rápido como podía.
—No vienen con nosot…
Antes de que el Gris pudiera terminar la frase, Bruno salió, agarró la silla por la parte de delante y ayudó a la enfermera a introducirla dentro de la casa. El Gris ardía de impaciencia.
—Llévame con Tamara.
—Un momento —pidió Bruno—.