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Dahlia De la Cerda

Medea me cantó un corrido

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En Medea me cantó un corrido, libro finalista del Premio Ribera del Duero, Dahlia de la Cerda explora nuevamente de manera magistral el arte de narrar una serie de relatos interconectados. La autora crea un paisaje literario único, característico de su estilo original, donde las protagonistas se enfrentan a situaciones límite, inmersas en un fuego cruzado entre la violencia del crimen organizado, el Ejército y los conflictos de padres, familias o parejas provenientes de estos en­tornos. Sin embargo, como dice una de ellas parafraseando a Sartre: «No somos lo que hicieron de nosotras, sino lo que hacemos con lo que hicieron de nosotras». Por fortuna, en esta ocasión contarán con la ayuda del personaje mitológico Medea, quien aparece «toda vestida de negro, con unas trenzas africanas muy perritas» para auxiliar a las protagonistas, ya sea en abortos o en el término de relaciones abusivas similares a la que ella vivió con Jasón. Todo esto ocurre al ritmo de perreo, corridos tumbados, cumbias y kittychelas, pues, como es ya característico de la literatura de Dahlia de la Cerda, en estas páginas conviven situaciones delirantes y sumamente divertidas. Como si solo a través del lenguaje, la música y el humor negro, la existencia de las memorables protago­nistas se hiciera más llevadera, y sus historias puedan ser ahora com­partidas con lectoras y lectores de las más diversas latitudes.
This book is currently unavailable
106 printed pages
Original publication
2024
Publication year
2024
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Impressions

  • Andrea Valeria Cordero Yunesshared an impression5 months ago
    👎Give This a Miss

    Leí los anteriores y este fue el que menos me gustó.

  • Bere Juarezshared an impression5 months ago
    👍Worth reading
    🔮Hidden Depths
    💡Learnt A Lot
    🚀Unputdownable
    💧Soppy

    Dahlia lo hizo de nuevo! es una genia, sus historias son siempre conmovedoras, crudas, divertidas y desgarradoras por igual. Me encanto!!

  • Lupita Angeles Coriashared an impression5 months ago
    👍Worth reading
    🚀Unputdownable

    Es increíble la capacidad que tiene Dahalia para mezclar filosofía y música con cada historia, me quedo encantada, identificada y con más de una reflexión que me lleva a querer seguir leyéndola.

Quotes

  • Valeria Garcíahas quoted5 months ago
    Una vez vi a una señora, creo que psicóloga, decir en un TikTok que les digan a sus hijos que son chingones o un día va a llegar un verbeador y se los va a decir nomás para llevárselos a la mierda. Sé que suena a discurso barato, pero es verdad, carnal. El compa nos endulzó el oído y luego nos dice: ¿No quieren trabajar para mí?, es fácil. Ahorita mismo les doy un iPhone del más nuevo y mañana se salen a ruletear tal y como andan en las patinetas rayando paredes. Nomás me avisan sobre los puntos de venta de droga y las movilizaciones del gobierno, les ofrezco mil quina a la semana y todo lo que ocupen para trabajar: latas de pintura, unas tablas nuevas, unos audífonos.

    Aceptamos en corto.
  • Harker Storahas quoted6 hours ago
    do y tirando la basura en casas ricachonas. Nos iba bien porque nos «vendíamos» en paquete, sobre todo mi hermano Bairon que tenía mucha labia y caía bien. Pero me dejé de juntar con ellos porque, pues crecí y ya no nos acoplábamos.

    Fue cuando la empecé a rolar con el Yogurt, al que le decíamos el Yogurt porque siempre traía un bote de Yogurt Lala, pero relleno de chemo. Y con el Sardinas, que el pobrecito tenía toda su carita quemada por la mugre y el frío. Su casa era de cartón y no tenían agua, entonces no lo bañaban. Y con el Morado, le decían el Morado por moreno. Ellos eran mis compañeros en la escuela y estábamos en sexto. Once años y ya trabajamos de ayudantes de un contratista, nos pagaba para hacerle los acabados a las casas, nosotros las limpiábamos y las detallábamos para que quedaran al cien. Nos pagaba ochocientos a la semana de cuatro de la tarde a las siete de la noche y sábados de nueve a seis, pero era a destajo, una casa tras otra, tras otra, tras otra. Le daba a mi jefa sus trescientos de cuota y me quedaban quinientos para mí. Con eso me compré unos audífonos, un celular y ropa aesthetic, pero tumbada. También le ponía datos al celular. Pero cuando me hice bien bien amigo del Sardinas, le empecé a dar cien diarios a mi jefa para que le diera de comer y lo dejara bañarse y lavar su ropa en la casa, y entonces me quedaba muy poquito para mí. Pero al chile, carnal, sí quería bien mucho al Sardis, teníamos muchas cosas en común, nos gustaba el rap en español, sobre todo de España, y ver Naruto. En ese trabajo me la pasaba bien, pienso que si me hubiera quedado ahí habría crecido y sin haberle arriesgado tanto, sin sacrificar mi vida.

    Pero me creí el corrido.

    En el último jale que me aventé con mis hermanos me robé, o se robaron, una patineta. Yo tenía mucho tiempo queriendo una pero son caras y no había dinero. Un día nos dieron trabajo en una casa muy nice, muy riquilla, para que escombráramos el patio, jardín y cochera, y les hiciéramos limpieza general. Tiramos un chingo de basura, sobre todo papeles y ropa vieja. Los ricos tiran a la basura cosas como ropa, tenis y hasta comida. El Bairon agarró dos que tres prendas para él; Anahí unos tenis Nike y juguetes para venderlos en el tianguis y el Iker no quiso nada, ese mamón se siente lo máximo y todo se le hizo muy viejo y pasado de moda. Era un mugrero el que tenían, un chingo de polvo, basura, lodo y todo bien perro mugroso. Fuimos tres días seguidos a darle. Al final la señora de la casa nos quería pagar la mitad de lo acordado y nos echó un discurso de que el trabajo infantil era un delito y que seguro éramos explotados por nuestros padres drogadictos. Puro paro para no pagarnos, pero carnal, te lo repito, éramos unos niños y no supimos cómo defendernos. Agarramos lo que nos dio, míseros doscientos pesos por tres días, y nos salimos. Ya cuando íbamos de salida, el Bairon vio una patineta recargada en una pared, era una patineta de las buenas. Me dijo: Tú querías una, ¿no, mijo?, y le dije: Sí, pero están bien caras. Y que la agarra y se echa a correr y me grita: Ya tienes una. Nos salimos todos corriendo detrás de él y corrimos y corrimos. No supimos si la señora hizo paros o no, creo que ni cuenta se dio. Tenía tanto que una patineta era como quitarle una pulga a un chingado perro pulgoso. Era una patineta bonita, de las buenas, me rayé. Me enseñé a darle poco a poco.

    Pienso, carnal, que sí tenía mucho potencial para patinar, no me daba miedo, en corto aprendí a darle, bajaba la avenida principal de mi colonia a madres en la patineta con mis audífonos de sesenta pesos y mi celular que compré usado en el tianguis, escuchando a todo volumen al Nach, ZPU y Kase. O. Me sentía libre. Esos momentos eran de verdadera felicidad. Luego era regresar a casa y como la canción de la Santa Grifa: «Huyendo de los problemas». Si le hubiera hecho caso al profe que me dijo que me dedicara a los deportes, porque para la escuela estaba de a tiro muy bruto, quizás andaría en competencias de skate en otros países y no aquí viendo crecer a los gusanos.

    Pero me creí el corrido.

    No voy a culpar a mi mamá, pero imagínate que crecí escuchándola cantar con mucho sentimiento todos los días corridos bien bélicos, que hablan de puro disparar puro torturar puro traficar puro hacer billete. Puro Luis R. Corriquez, puro Peso Pluma, Pura Marca Registrada, me ponía muy alta la bandera. Pero cuando digo que me creí el corrido no me refiero a que me creí que iba a ser rico y que iba a andar con pura Barbie y que iba a disfrutar de traer tostones. No, mi carnal, es algo mucho más cabrón. Me creí el corrido porque pensé que si era un jefe, un duro, un cabrón, mi mamá me iba a decir «mijo», en lugar de decirme idiota, pendejo, mocoso, que me iba a decir: Jordán, te quiero mucho, mijo. Pensé que, si aplicaba la de comprar una casa en barrio elegante, la de andar con cubanitas de un millón y sabérmela bien recio, la de andar bien malandro ti
  • Harker Storahas quoted6 hours ago
    Cuando mi papá se iba comenzaba el mundo de mi mamá. A ella no le gustaba cuidarnos ni hacerse cargo de nosotros ni nada que tuviera que ver con ser una doñita. Así que cuando cumplíamos seis años nos aplicaba la esclavizadora: lavar trastes, cuidar a los más chicos, barrer, trapear, lavar la ropa y salir a trabajar. Sí, carnal, nos mandaba a trabajar. No lo considero explotación infantil, pero pues ahora sí que cada quien. Aprendí a hacer de todo: cambiar pañales, dar biberón, poner a repetir la leche, barrer, trapear, lavar, cocinar y vender, vender en las calles.

    Para las cuatro de la tarde ya teníamos que haber terminado el aseo de la casa y tocaba irnos a la calle a perrearla. Eso sí, nos daba bien rico de comer antes de mandarnos a chingarle a otra parte, porque con nuestra madre nunca había desayuno, pero la comida era pura delicia, de que patitas capeadas con su caldillo a veces rojo, a veces verde, a veces negro de chile guajillo, espinazo, pozole, verdaderos manjares. Mi mamá es una chingona para cocinar, su comida me hacía sentir querido, a lo mejor era su forma de decir: Te quiero, chance y sí. De cena era pan y leche, y nosotros lo teníamos que traer de la calle o no había cena. La mayoría de las veces, una de mis carnalitas iba a una panadería del centro de la ciudad y le daban el pan que no se había vendido y así no gastábamos.

    Mi jefa, al chile, no sabía nada de cómo nos ganábamos el dinero, ni le importaba. Nunca nos preguntó. La regla era sencilla: irnos a las cuatro de la tarde, regresar antes que mi papá y no decirle ni una sola palabra. Si ganábamos, pon tú, doscientos pesos, nos podíamos gastar ciento cincuenta en lo que se nos diera la gana. Solo había que darle cincuenta pesos a mi mamá, ese dinero era para sus gustitos. Eso sí, teníamos que guardar para comprar una caguama antes de irnos a la calle porque ella se la tomaba mientras cocinaba, porque cocinar, te digo, sí le gustaba.

    Mira, no te voy a mentir. Yo era el favorito de mi jefa. Mi papá me hacía la vida imposible y me maltrataba mucho verbalmente. Él nunca nos pegó, pero sí nos hacía comentarios pasados de verga. Nos pendejeaba mucho. No se refería a nosotros como hijo o hija o mi niño o mijo o siquiera por nuestro nombre. Nos decía muchachos y muchachas. Mi mamá tampoco, solo a mí de vez en cuando me decía mijo. Lo demás eran escuincle, mocoso, pendejo, idiota, babosa. Pienso que soy su favorito porque soy el mayor, pero mis hermanos dicen que es porque soy güero sin ser güero. Es que soy de piel clara pero tengo el cabello oscuro, los ojos oscuros, la ceja oscura. Mi hermano el menor sí es rubio de ojos azules y ricitos de oro. Pero Iker, Anahí, Bairon y Chanel sí están más morenitos, se parecen a la North West. Yo quisiera decirte que ser el favorito de mi mamá me daba ventajas reales como que no me pegara o no me mandara a trabajar o me diera de desayunar, pero en realidad la ventaja era que me llevaba con ella al mercado, al tianguis, al Aurrerá, y que esos días podía quedarme en casa con ella a verla cocinar. Me gustaba ir al mercado porque me compraba mi choco de fresa y mis galletas de chispas de chocolate. También me gustaba ayudarla a picar la cebolla y el jitomate mientras escuchábamos música. Y aprenderme todos los corridos. A mí me gustaba más el rap, pero respetaba el gusto de mi mamá por los corridos. Y digo respetaba porque mi papá nos tenía prohibido escucharlos; según él, solamente gente pendeja canta canciones que le paran el culo a la gente que nos tiene hundidos en la mierda, pero pues no le cantábamos al gobierno, le cantábamos al narco. Y pues hazle entender, mi papá y sus contradicciones. Ah, pero no fuera que me mandaran a concursar a los certámenes esos del himno nacional, porque hasta uniforme nuevo me compró y se ponía a practicar conmigo: «Aztlanteanos al grito de guerra». Los tiras son bien extraños y mi papá sin tener charola era tira.

    De los seis a los once años sí me iba a jalar con Iker, Anahí y Bairon. Con Chanel ya no me tocó trabajar porque a ella mi mamá la cuidaba mucho por bonita. En un tiempo en mi barrio empezaron a desaparecer niñas y a mi mamá le daba mucho miedo que se llevaran a Chanel y por eso la sobreprotegía. Sí la mandaba a trabajar, pero a un puesto de azulitos que estaba en la esquina de la casa. Nos mandaba a dejarla y teníamos que ir por ella. La Chanel se llama Chanel porque mi mamá ni siquiera quería hacerse cargo de escoger nuestros nombres. Como se le murieron dos chamacos, uno a los dos años ahogado en una cubeta y otro de bebecito quién sabe por qué, dicen que fue de eso de muerte de cuna, mi mamá nos registraba hasta los cuatro años para garantizar que «Ya la habíamos librado», y nos dejaba a nosotros escoger nuestros nombres. Con mis carnalitos trabajé en todo: trabajamos vendiendo manzanas con caramelo, ayudantes en el tianguis, de mandaderos en la central de abastos, cargando bolsas afuera del merca

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