do y tirando la basura en casas ricachonas. Nos iba bien porque nos «vendíamos» en paquete, sobre todo mi hermano Bairon que tenía mucha labia y caía bien. Pero me dejé de juntar con ellos porque, pues crecí y ya no nos acoplábamos.
Fue cuando la empecé a rolar con el Yogurt, al que le decíamos el Yogurt porque siempre traía un bote de Yogurt Lala, pero relleno de chemo. Y con el Sardinas, que el pobrecito tenía toda su carita quemada por la mugre y el frío. Su casa era de cartón y no tenían agua, entonces no lo bañaban. Y con el Morado, le decían el Morado por moreno. Ellos eran mis compañeros en la escuela y estábamos en sexto. Once años y ya trabajamos de ayudantes de un contratista, nos pagaba para hacerle los acabados a las casas, nosotros las limpiábamos y las detallábamos para que quedaran al cien. Nos pagaba ochocientos a la semana de cuatro de la tarde a las siete de la noche y sábados de nueve a seis, pero era a destajo, una casa tras otra, tras otra, tras otra. Le daba a mi jefa sus trescientos de cuota y me quedaban quinientos para mí. Con eso me compré unos audífonos, un celular y ropa aesthetic, pero tumbada. También le ponía datos al celular. Pero cuando me hice bien bien amigo del Sardinas, le empecé a dar cien diarios a mi jefa para que le diera de comer y lo dejara bañarse y lavar su ropa en la casa, y entonces me quedaba muy poquito para mí. Pero al chile, carnal, sí quería bien mucho al Sardis, teníamos muchas cosas en común, nos gustaba el rap en español, sobre todo de España, y ver Naruto. En ese trabajo me la pasaba bien, pienso que si me hubiera quedado ahí habría crecido y sin haberle arriesgado tanto, sin sacrificar mi vida.
Pero me creí el corrido.
En el último jale que me aventé con mis hermanos me robé, o se robaron, una patineta. Yo tenía mucho tiempo queriendo una pero son caras y no había dinero. Un día nos dieron trabajo en una casa muy nice, muy riquilla, para que escombráramos el patio, jardín y cochera, y les hiciéramos limpieza general. Tiramos un chingo de basura, sobre todo papeles y ropa vieja. Los ricos tiran a la basura cosas como ropa, tenis y hasta comida. El Bairon agarró dos que tres prendas para él; Anahí unos tenis Nike y juguetes para venderlos en el tianguis y el Iker no quiso nada, ese mamón se siente lo máximo y todo se le hizo muy viejo y pasado de moda. Era un mugrero el que tenían, un chingo de polvo, basura, lodo y todo bien perro mugroso. Fuimos tres días seguidos a darle. Al final la señora de la casa nos quería pagar la mitad de lo acordado y nos echó un discurso de que el trabajo infantil era un delito y que seguro éramos explotados por nuestros padres drogadictos. Puro paro para no pagarnos, pero carnal, te lo repito, éramos unos niños y no supimos cómo defendernos. Agarramos lo que nos dio, míseros doscientos pesos por tres días, y nos salimos. Ya cuando íbamos de salida, el Bairon vio una patineta recargada en una pared, era una patineta de las buenas. Me dijo: Tú querías una, ¿no, mijo?, y le dije: Sí, pero están bien caras. Y que la agarra y se echa a correr y me grita: Ya tienes una. Nos salimos todos corriendo detrás de él y corrimos y corrimos. No supimos si la señora hizo paros o no, creo que ni cuenta se dio. Tenía tanto que una patineta era como quitarle una pulga a un chingado perro pulgoso. Era una patineta bonita, de las buenas, me rayé. Me enseñé a darle poco a poco.
Pienso, carnal, que sí tenía mucho potencial para patinar, no me daba miedo, en corto aprendí a darle, bajaba la avenida principal de mi colonia a madres en la patineta con mis audífonos de sesenta pesos y mi celular que compré usado en el tianguis, escuchando a todo volumen al Nach, ZPU y Kase. O. Me sentía libre. Esos momentos eran de verdadera felicidad. Luego era regresar a casa y como la canción de la Santa Grifa: «Huyendo de los problemas». Si le hubiera hecho caso al profe que me dijo que me dedicara a los deportes, porque para la escuela estaba de a tiro muy bruto, quizás andaría en competencias de skate en otros países y no aquí viendo crecer a los gusanos.
Pero me creí el corrido.
No voy a culpar a mi mamá, pero imagínate que crecí escuchándola cantar con mucho sentimiento todos los días corridos bien bélicos, que hablan de puro disparar puro torturar puro traficar puro hacer billete. Puro Luis R. Corriquez, puro Peso Pluma, Pura Marca Registrada, me ponía muy alta la bandera. Pero cuando digo que me creí el corrido no me refiero a que me creí que iba a ser rico y que iba a andar con pura Barbie y que iba a disfrutar de traer tostones. No, mi carnal, es algo mucho más cabrón. Me creí el corrido porque pensé que si era un jefe, un duro, un cabrón, mi mamá me iba a decir «mijo», en lugar de decirme idiota, pendejo, mocoso, que me iba a decir: Jordán, te quiero mucho, mijo. Pensé que, si aplicaba la de comprar una casa en barrio elegante, la de andar con cubanitas de un millón y sabérmela bien recio, la de andar bien malandro ti