Llevaba diez años dando clases de Guion en la misma escuela de cine. En ese tiempo había tutorizado, entre cortometrajes, largometrajes y series de televisión, unos doscientos proyectos. Año tras año, un rosario de géneros dispares se fue acumulando en el disco duro de mi ordenador. Recuerdo vagamente batallas intergalácticas, viajes por carretera, crímenes sin resolver, conspiraciones, equívocos en residencias de verano, despedidas, desembarcos, intentos de suicidio, satélites en llamas. Y sobre todo una sensación constante de ingravidez que muchos de los personajes, ya fueran humanos o alienígenas, compartían conmigo. Frente al despliegue de todos aquellos mundos duplicados me sentía con frecuencia inútil y sordo, sentía, en definitiva, que me faltaba el suelo.
Esa noche, de camino a casa, sentí algo muy parecido.
Antes de abrir la puerta me metí un chicle en la boca. Me supo a cualquier cosa menos a lo que decía el paquete.
Me descalcé en el rellano para no hacer ruido. Me quité la ropa y dormí en el sofá pensando en Jimena.
Soñé que protagonizábamos juntos una de aquellas historias con las que fantaseaban mis alumnos. Sabía que no se convertirían en películas nunca y me pregunté, al despertar, qué sería de ellas. Estarían, quizá, flotando en el aire, como las partículas de un gas, desordenadas, moviéndose al azar, vibrando, desplazándose en todas direcciones.
Se nota de verdad el sentimiento en cada frase, te pegan de una manera extraña, me hacen sentir melancolica.