Creo que las ciudades —y el mundo en general— se conocen mejor a pie. Caminar nos permite desacelerar nuestro ritmo interno, frenar donde queramos, observar detalles, escuchar conversaciones, entablar vínculos con la gente, sentir los ruidos, absorber la atmósfera. Caminar, para mí, es casi como meditar, es fluir con el mundo y con todo lo que pasa a mi alrededor y es la mejor manera que encontré de sentirle el pulso a una ciudad.